viernes, 19 de noviembre de 2010

Regalos

Escuchar el sonido del taladro que perfora mi muela. Cerrar los ojos. Tragar saliva. Notar la presión de los pechos de la doctora en mi cabeza. Dar gracias a Dios, a la genética y los azúcares por el empaste que ahora no puedo parar de tocarme con la lengua.







1 comentario:

María Mercromina dijo...

un empaste... y a la calle